Es una barbaridad la cantidad de animales que sufren en verano.

Aquellos que son abandonados impunemente por sus dueños, porque se van de vacaciones, porque se han cansado de un bebé gato o perro, que ha crecido y que no habiendo recibido la educación adecuada se ha convertido en insoportable.

Aquellos cuya vida está condenada en un refugio de animales. Mejor que nada, tal vez. Pero a pesar de los esfuerzos denodados de sus cuidadores, el número excesivo siempre, la falta de recursos, la angustia, viven en condiciones físicas y psíquicas muchas veces, deplorables.

Aquellos que están encarcelados en los zoológicos, construcciones del pasado que están obsoletas. El calor, los visitantes, curiosos unos e irrespetuosos otros.

Los que sufren la sequía.

Los que sufren los experimentos en vivo.

Los que son maltratados por la gente.

Los que son obligados a morir en las peleas de perros clandestinas.

Los que sufren muertes salvajes, como los galgos ahorcados o inyectados con lejía.

Me pregunto ¿son humanos los que hacen todas estas barbaridades, o son un eslabón desviado y pervertido de la especie?

He dicho que sufren en verano, pero eso es sólo porque ahora es verano. La verdad es que sufren todos los días, todas las noches.